El polvo abarrotado de las casas solas
y las bocas volcánicas que escupen
en este planeta de arena congelada no vive nadie
hay solo caballos de gas preguntándose por el cielo
como tantas otras cosas inútiles que fueron adoradas
en épocas mágicas por gigantes de piedra
las imágenes se redujeron a cuadros estériles (como pequeños desiertos)
arrojados sobre la pared en un rincón sordo
la vida de los sombreros y las fotos:
-viejos dioses de una civilización que nadie recuerda-
se ha disuelto en el seco caudal de los ríos cenicientos, y clama!
allá, han hurtado los ojos de los muertos. Están cambiándolo todo
los prados antes verdes son espuma purpura que cubre el suelo
y cada estrella antigua se ha vuelto un diminuto planeta tímido
han invertido casi todos los roles, han reemplazado el blanco de los huesos.
El mundo es una mesa, un cuerpo de malograda materia abandonada.
Hoy los relojes han derribado las creaciones apremiantes del hombre dios
para volver a posicionarse como la maquina fundamental
aun persiste el juego del fuego en las veredas, aun persiguen los recuerdos.
La esfera gira, afuera la tarde nace y muere. Los botes zarpan con la música
hoy cuando las voces son propiedad del eco y los arboles
y caen por todas partes los últimos totems. La matemática natural del universo
ejecuta su danza inefable. Los sombreros y las fotos caminan agrupados
y la revolución del crepúsculo entra en su inmensidad de viento y santos decapitados.
(El ruido afuera, se acerca el día. Abajo reina la oscuridad)
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