con la vieja costumbre de caer rendida en cualquier lugar.
La repetida situación noctambula de encontrarme solo en la madrugada
absorto en las luces del televisor, amortajado por el silencio
sobreviviente, como el ultimo soldado mal herido de una guarnición
de cuerpos que sueñan, derrotados a merced de los humos invisibles,
de los pájaros hipnóticos, del magnético hechizo onírico.
Como tantas otras veces, como lugares aleatorios y escenarios sucesivos
me hallaba solo y perdido, con esa pizca de pena automática
que emerge enseguida con la caída de las voces y el trajín del día
y que más parece una respuesta programada frente al infinito
o un método de acomodamiento corporal. Una pena nostálgica
un sentir de vació y congoja, con la ausencia de orígenes y fines claros.
Había dejado de dormir, no recuerdo bien la causa, ni el momento
debe ser consecuencia del insomnio o al revés, la etapa anterior del ciclo repetido.
Como una tradición nacional me desvelaba, como un ritual religioso o una costumbre cultural
de un país que sueña despierto, que ha borrado de su tierra la inútil idea de descansar.
Solías preguntarme cosas, en el momento justo donde empezabas a dormirte,
y me causaban tal conmoción tus ojos muriendo, tu voz entrecortada y la tierna persistencia
inocente, de tu afán por no dejarme solo que aunque me molestaba mucho no poder seguirte,
me volvía cada noche más adicto a esos minutos inefables del prefacio, y los buscaba.
Buscaba con deseo la escena de tu rostro acomodado entre las almohadas
transitando la frontera misma de la realidad y la magia desaforada de los sueños.
Atesoraba cada recuerdo de tu paso por el portal, de tu boca aun moviéndose como pájaro que agoniza
bajo tus ojos fallecidos. Te ibas apagando de a poco y sentía el miedo estomacal de la muerte,
el insondable vació del adiós, probando la metafórica ira contra el destino que te alejaba más
allá de mí. Y noche tras noche te veía partir, amando tu lejanía en retroceso, tu caída de flor solar,
odiando al mismo tiempo, pero permaneciendo quieto, sin interferir en lo que era para mi un proceso hermoso, como jugar a ver la vida escurrir y con ella sentir completos los dolores del amor, de las partidas.
Todo tomaba más importancia, era pura poesía.
Quizás existía una cuota de auto castigo, de penitencia infligida sobre mi mismo. Pero soy un eterno enamorado de estas cosas, de los regalos secretos que tiene lo más cotidiano y en desuso, de las escenas y los espacios que fuerzan al extremo las emociones; como el mismo ejercicio de amarte, al filo, tú sabes que no concibo las cosas de otro modo. Porque en cada partida había un pequeño libro de pasión salvaje, porque en cada frase disuelta entre materialidad y aire imaginaba batallas épicas, relatos de princesas esperando a sus hidalgos, fuego de amores gigantescos. Tanto y tanto de lo que es maravilloso y nunca es visto, y pasa, y se olvida y nadie muere por ello. Yo encontraba un teatro mágico en los centímetros de tu carne, en los espectáculos de tu sueño y no sentía más vació que el de no poder hacer palacios de todo ello y que más aun quedase condenado solo a unos minutos antes del nacimiento del día.
De ahí que mi soledad no fuera más un golpe infertil, un ente sin productos posteriores.
mi vigilia de contaste de centinela sombrío era una oportunidad tras de ti, había algo más allí que la pena
mecánica y la filosofía de plástico. Y si temía entonces a la muerte era por ti, y si conocía el peso de la soledad era por tu falta, si conocía el sabor brumoso de un beso que se da soñando en el instante perfecto de la caída o la alegría gigantesca de esta pantomima poética que terminaba siempre en un comienzo nuevo, donde sabía que ibas a estar viva tras haber cerrado los ojos, donde llegaba tu mano a sacarme del sueño que me vencía siempre de un modo extraño, y que nunca recordé.