jueves, 17 de junio de 2010

Meditate

me vi aterido en un rincón cubierto por el polvo,
con los ojos abiertos mirando directamente hacia la nada,
mis brazos separados del cuerpo casi reposando entre la pared y el suelo culminaban con mis manos extendidas, en la pálida amplitud de su existencia.
el muro que sostenía mi espalda había creado un marca entorno a mi cuerpo secundada por la tierra volátil y el paso de los años, formando para mi un aposento eterno donde encajaba como pieza de rompecabezas.
entre el piso y los noventa grados de aquella esquina donde hacia tiempo yo vivía, de entre el caos de los papeles olvidados y la luz escasa de las grietas, separabase los sueños de los recuerdos como un ejercicio mental para conservar la cordura, pues no es fácil mantener el mente intacta cuando se dispone a la carne y el alma a la vigilia obstinada de la comtemplacion analítica. Mi decisión fastidio a mis cercanos al comienzo, les disgusto un poco la idea de mi viaje interno y encontraron poco juiciosa mi necesidad y mi afán de respuestas. Constantemente recibía visitas no solo de mis amigos típicos pasando a saludar, y por que no decirlo, a verme con sus propios ojos y reírse un poco tal vez, si no que en ocasiones pasaban a charlar conmigo párrocos, cardenales e incluso un par de dioses de medio oriente que según entendía buscaban ayudarme un poco para aliviar mi confusión. no me molestaron mucho los visitantes conocidos y extraños, pues no interrumpían para nada mi tarea, sus pasos por mi sotabanco eran fugases, nunca mas de 10 minutos, ademas contaba yo con todo el tiempo del mundo y en todo caso los visitantes se cansaron pronto o eso parece, digo, ya no recibo gente desde hace 35 años, aunque para fines prácticos es esto mas cómodo que andar dando explicaciones.
Los días nunca fueron aburridos, es mas, cada uno parecía radicalmente distinto al anterior, aunque se piense que es poco lo que puede variar una hora de otra para alguien que mira siempre la misma mancha en el mantel, la monotonía nunca fue problema. Cierta noche observando yo un mueble que de entre la oscuridad se distinguía gracias a las luces de la calle, desee ser madera carcomida y olvidada por el reloj, en el robusto cuerpo que la conformaba encontré un encanto mágico y quizás, una idea madura de paz interior, la que no se hallaba en el código genético de los hombres, ni en sus desesperaciones egolatras, ni en sus libros, tal vez siendo y la vez no siendo, o estando sin estar, procurando ser cuerpo pero jamas gritar, podías hayar el sino de la vida como lo hace un mueble de principios de siglo, entre las sombras de un rincón, cubierto de polvo con las patas abiertas y la pseudo cara apuntando hacia la nada (...)

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